lunes, 26 de diciembre de 2022

El solsticio de invierno y la muerte

 

El poeta cubano Nicolás Guillén dijo en un poema que su nombre era “un santo y seña / para poder hablar con las estrellas” y como yo tengo el honor de ser, desde hace varios años, un Maestro Masón de la OMMI (Orden Masónica Mixta Internacional Le Droit Humain -El Derecho Humano), saludo a todos mis Hnos:. y Hnas:. esta noche de celebración del Solsticio de Invierno, diciéndoles que ese santo y seña para poder hablar con las estrellas que para mí significa ser masón, e ilumina siempre mi corazón con nuevo ímpetu y compromiso. Por una especie de trance iniciático o del azar inefable que a veces nos llega en la vida, ese verso de Guillén ha estado retumbando en mis oídos de manera incesante, como si fuera el único canto de mi voz interior en este ya largo paso por la Masonería, el que ahora retomo para desentrañar, para saber por qué esas palabras del “santo y seña / para poder hablar con las estrellas” tienen una poderosa fuerza para conmemorar este solsticio de invierno.

 

Pasajeros
Lucy Tejada Saenz

Quizás por la carga simbólica en el proceso constructor de nuestro templo interior y exterior, ese “un santo y seña / para poder hablar con las estrellas” me permite otra mirada al papel trascendental que todos debemos asumir como transformadores de la sociedad. Este caminar entre mis Hnos:. y Hnas:. me conduce a estar metafóricamente cerca de las estrellas, tener ese santo y seña de mi vida y así conocer de otros Hnos:. y Hnas:. con los que me siento unido en estos sueños de humanidad. Philippe Ariès, el gran filósofo francés historiador de la muerte, en su obra Historia de la muerte en Occidente había planteado cómo uno de los problemas más radicales de Occidente radica en la negación de la muerte individual y su conversión en espectáculo público. Por ello, intento ligar ahora los conceptos de solsticio y muerte; y me pregunto por qué nosotros tememos tanto a la muerte, por qué nos causa tanto terror, por qué su asedio turba nuestro entendimiento y nos llena de tristeza y desazón, si finalmente todos vamos a llegar a ella, si es la realidad más rotunda que enfrentamos, si es nuestro inconfesable destino.

 

Temor inevitable a la muerte, palabra poética para nombrar al nombre y Solsticio de Invierno, ¿dónde reside el secreto encanto de esa aparente disyunción de sentido? Como provocación, les puedo decir que cuando imaginamos la vida y la muerte, la luz y la sombra, el día y la oscuridad, el estar y el no estar, el ser y la nada; cuando la palabra es el instrumento para subir a las estrellas, nuestro ser se diluye, nuestra existencia se esfuma y habitamos sólo en el lenguaje. El lenguaje del poema, el de la imprecación, el del absurdo y el de irracionalidad o la intuición. Para mí, esta celebración del Sol quieto –que es el origen de la  palabra Solsticio- y del Invierno, que es la estación de la oscuridad y la muerte o el silencio en los países nórdicos, esta celebración tan entroncada en el pensamiento esotérico de todos los pueblos y de la masonería, es una especie de llamada a la reflexión sobre nuestra finitud: el 21 de diciembre es el día más corto del año en esa tradición Occidental, que llegó a nosotros con un simbolismo muy especial, ese misterioso día de tenue y breve luz, nos dice muchas cosas. Tan corta la luz, que debemos temerla, tan larga la oscuridad, que debemos prepararnos para su presencia irremediable. Sol y Luna, Luz y Sombra, el espejo bifronte de los griegos, el yin/yan de los chinos, la oposición constitutiva de nuestra existencia, realidades absolutas de lo que es el ser humano en su paso fugaz por la vida. En el solsticio de invierno se conmemora, se celebra y se teme al Sol que amenaza desaparecer, por su débil luz, para que no sobrevenga la noche homogénea de la oscuridad, que puede engullirse todo; en el solsticio de verano se conmemora, se celebra y se teme al sol fulgurante que de tanto darnos el esplendor del día puede adueñarse de la noche y puede borrar de la faz de la tierra la diosa Luna, señora de la oscuridad.

 

¿Por qué, entonces, tanto temor, tanta voluntad absurda de negar la muerte?, ¿por qué tantas utopías religiosas monoteístas fundan su razón de ser en el temor al más allá si los seres humanos somos en esencia del mas acá, y somos también disfrute y nostalgia, simplicidad y trascendencia, respiración y silencio? Si, finalmente, la vida no termina con la muerte, como lo pregonan estas ideologías del desastre y el miedo, porque también es milagro, también alegría; si la muerte, como lo imaginaron y creyeron nuestros antepasados prehispánicos es el lugar del misterio al que vamos a parar todos los seres después del rito de paso que significa la vida, en el maravilloso cosmos de sus religiones politeístas donde vida y muerte, sol y luna, cielo y tierra, mundo e inframundo tenían sus deidades sagradas… si todo eso es así, mis queridos Hnos:. y Hnas:. de todos los grados que nos acompañan esta ceremonia, ¿por qué tanto miedo ante la muerte?. Con toda la limpieza de mi espíritu y la tranquilidad de mi corazón frente a un camino que volvió a tener sentido cuando ingresé a la Masonería de El Derecho Humano, creo que, por el contrario, y en honor al simbolismo que profesamos para mejor entender estos imponderables conceptos de la vida como de la muerte, creo y siento que debemos celebrar el día de Luz más tenue para que llegue luego la Luz plena, que debemos celebrar la noche más larga para gozar la noche más corta, en el eterno presente de la armonía. Las estrellas, en fin de cuentas, son la luz que ilumina la noche, son soles apagados que nunca dejan de brillar, para que no todo sea el agujero negro donde sólo reina el caos de la homogeneidad.

 

El Solsticio de Invierno, en fin, nos ubica con los ojos despiertos frente a todo el simbolismo de nuestro Ritual, para renacer en la raíz del árbol de acacia, para multiplicarnos como las espigas de trigo y entre todos encontrar los instrumentos del obrero masón, para entender nuestra finitud en el aprendizaje cotidiano de la vida y en la preparación cotidiana de la muerte. El Sol de medianoche, tan bello y lejano, como muerte renacida, la Luz de mediodía, tan fugaz y etérea como la vida que se esfuma; ambas inherentes a esta condición humana que nos hace tan precarios y a la vez tan necesarios y trascendentes para la marcha incesante del universo. Y tan útiles para que con nuestro trabajo el mundo sea mejor, en esta brizna de fuego y agua que es nuestra existencia.

 

C:. V:. S:.

Or:.

Or:. de Pereira, Diciembre 16 de 2022 (E:.V:.)

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